El príncipe azul existe


Sí, ya sé, no se la esperaban, ¿no? Especialmente de una conchuda como yo que vive diciendo que el amor es una porquería, que los hombres son todos infieles, etc etc etc Y bueh, tal vez me equivoqué, puede pasarme a mí también, aunque tenga aspecto de diosa soy una simple mortal. Soy una persona, como vos y como aquella, y entonces a veces la pifio. No muchas veces, pero a veces puede pasar. Es una ecuación simple. People la pifia > I’m a person (singular for people) >I la pifio too.
Cuestión que estaba pensando, el problema no es que los hombres sean una mierda y el amor una cagada y toda esta vida sea una cloaca gigante… No, resulta que el tema está en que las mujeres (y los hombres también) somos impacientes, entonces empezamos la pubertad con una ilusión enorme y el amor es como un arco iris de maravillosos colores y los pajaritos cantan y la bruja se levanta, que sí, que no, que caiga un chaparrón con agua y jabón debajo del colchón. Uy, para, ¿en qué estaba? ¡Ah! ¡Sí! ¡La pubertad! ¡Hermosa etapa! Si nos olvidamos de la confusión hormonal, los bigotes y las piernas peludas que nos quedan como el orto porque somos nenas pero no nos dejan depilarnos porque “somos nenas”… Después de eso la adolescencia con la crisis de la identidad, el amor que se empieza a genitalizar un poco más todavía (porque no me vengan con mariposas en la panza, no son mariposas y la panza está más arriba). Después de un amor adolescente, llega la desilusión, la primera paliza de la realidad, el primer agujero al corazón. Para la juventud, ya tenemos algún que otro bypass y corremos con más precauciones a fines de no morir en el intento de amar. Y ahí es donde ataca la conciencia de que somos adultos (o casi) y tenemos X cantidad de años y ya no tenemos ganas de seguir buscando y además Juancito no es mal pibe, a veces se la manda y no es muy romántico pero al menos no es mal vago y estamos casi seguras de que no nos ha cagado y si nos cagó no deben haber sido más de dos o tres veces seguro que nos sobran los dedos de una mano para contar las guampas que nos clavó, porque es buen pibe pero es hombre y los hombres no son fieles, ninguno, eso no existe y si existe nos da paja seguir buscando así que preferimos pensar que no. Porque ya estamos cómodas. Porque ya le conocemos las mañas. Porque somos unas conformistas de mierda y Juan también y entonces se va a quedar con nosotras porque a él también lo tiene un toque cansado eso de estar buscando el amor y porque los padres le dicen que quieren ser abuelos y bueh, María es buena mina, sería una buena madre, no tiene dudas de eso porque ya practica con él (“Juan, ponete la campera que hace frío”) sí, re buena madre. Entonces se conforman y se quedan con esa persona que tienen al lado y son semifelices y eso está bien, alcanza.
Pero yo hoy, capaz que porque estoy optimista porque me saqué un 10 en Lingüística, (lo admito, puede ser un factor importante), hoy estoy casi segura de que hay alguien que saca lo mejor de uno y lo motiva a ser mejor y le genera cosas lindas y le da ganas de vivir más intensamente y quizás si uno no se conformara con Juan o María encontraría a esta otra persona que es su príncipe azul o su princesa y sería realmente feliz para toda la vida. No sé, es una idea nomas, capaz que no sea así, capaz que mi error haya sido pensar que estaba equivocada. 🙂

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Esa puta manzana


Toda mi vida me reí con bronca de los ataques de hipocondría de mis viejos. ¿Vieron que algunos padres compiten en cosas como quién gana más plata, quién cocina mejor, quién es mejor padre, etc? Bueno, mi casa no es la excepción y mis viejos también competían. Ganaba el más enfermo. Sí, el más enfermo, hecho cuero, destruido, ese se llevaba el premio. Si mi viejo tenia hipertensión, mi vieja también. Si uno necesitaba lentes, el otro también. Mi viejo es alérgico al tomate, a mi vieja le cierran el pecho los aerosoles… Mi vieja se rompió los meniscos, mi viejo también. Creo que entendieron mal eso de “en la salud y en la enfermedad” ¡No era que se tenían que enfermar juntos! Y bueno, así viví estos veintiunmontón años de vida, rodeada de radiografías, electros,  chequeos, etc. En una casa normal hay un botiquín pequeño, en mi casa hay una sección de la alacena prácticamente dedicada a los productos farmacéuticos.
Dicen que uno se convierte en lo que critica… Bueno, yo siempre pensé que no era mi caso (y sí, en general uno se cree la excepción) hasta que anoche me lastimé el ombligo con el arito y sentí cómo una gran infección comenzaba a recorrer mi cuerpo célula por célula hasta dejarme sin vida. OK, no fue taaaaaan así, ¡pero un poco me asusté! Pensé en llamar a mi vieja para que lo mire, pero no tenía ganas de correr a la sala de emergencias. Ya sé qué están pensando, ¡qué bolacera! Bueno, no, no es exagerado pensar que podía terminar en el hospital, una vez me llevó porque me raspé con un fierro…  El tema es que era tarde y para lo único que iba a servir decirle era para que me rete como si tuviera 5 años, lo cual en general me lleva a comportarme como si fuera una nena asustada y caprichosa. Después iba a pasar la noche visitándome para asegurarse de que no tuviera fiebre y si “sobrevivía” la noche, me esperaban días o incluso semanas de inspecciones a la voz de “vení que quiero ver cómo está eso” mientras se pone los anteojos o incluso una lupa… Con este panorama en mente decidí arriesgarme a morir sin decir adiós y me acosté a tratar de conciliar el sueño. Al otro día desperté… Sí, ¡DESPERTÉ! ¡Estaba viva! Y mi ombligo de veía bastante bien. Quizás no era tan grave como pensé… Y quizás tampoco era la excepción a la regla, después de todo la manzana no cae muy lejos del árbol.